Crítica – Las elegidas: la estética de lo sórdido

La primera vez que escuché el término “casa de citas”, fue caminando por la calle, cuando acababan de clausurar un lugar por trata de personas en la colonia Roma. La gente comentaba sobre la poca sospecha que les había provocado aquel edificio viejo en la avenida Monterrey, y no pude evitar sentir culpa por todas las veces que pasé por ahí, sin tener la menor idea de cuántas chicas habitaban ese espacio, teniendo relaciones sexuales a la fuerza, seguramente bajo amenaza, entre un Oxxo y un bar.

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Cuando el cine mexicano se politiza, se enfrenta a una labor enorme: la de retratar desde una estética particular situaciones de corrupción y abuso del poder complejas y, en su mayoría, sumamente dolorosas. México es un país cuyos conflictos sociales, políticos y económicos son bastos y difíciles de definir, pues forman parte de una extensa cadena de pactos entre crimen y autoridades, donde los ciudadanos son las únicas víctimas reales. ¿Cómo hacer una película de una realidad tan sórdida como la nuestra?

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Entre el abanico de temas a explorar, Las elegidas, del director David Pablos, se centra en la prostitución de mujeres menores de edad en Tijuana. Un delito que azota una gran parte de la población, pues en México 12 millones de personas son víctimas de trata, y de este total, el 79% son utilizadas para explotación sexual. La película de 2015 acompaña a Sofía, una niña de 14 años que tiene una relación con Ulises, un joven cuya familia se dedica al negocio del trabajo sexual obligatorio. Por mandato de su padre, Ulises y su hermano deben atraer a mujeres jóvenes para encerrarlas en una casa y dedicarse a la prostitución. Sin embargo, Ulises se enamora de Sofía, y estará dispuesto a todo para salvarla del enredo al que él mismo la orilló.

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Encuentro una constante en la delincuencia en México: el modus operandi se puede definir de principio a fin de forma tangible. Conocemos las técnicas de secuestro cuando se vuelven tendencia, sabemos qué hacer y qué no hacer en un cajero para evitar un asalto, ubicamos los estados con mayor índice de trata de personas, señalamos las casas de seguridad en distintas zonas del país, y quizá hasta podemos nombrar algunos culpables que gozan libremente de una vida normal. Sin embargo, pese a que estamos al tanto de quiénes ejercen la violencia que aqueja México, así como de las formas en que lo hacen, la impunidad reina por encima de la verdad y la justicia, y tener información exacta sobre algunas problemáticas del país no es suficiente para detener su perpetuación.

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Las elegidas es un retrato de esto. De acuerdo con la CDHDF, la seducción y el enamoramiento son los principales métodos en el robo de menores y la trata de personas; los captores suelen aprovecharse de situaciones familiares vulnerables, principalmente de las niñas. Ulises actúa justo de esta manera, aconsejado por su padre y su hermano, quienes parecen ser expertos en el arte del engaño para atraer mujeres jóvenes. Además, en algún momento de la película Sofía anhela recibir apoyo por parte de los policías para salir de la casa donde está secuestrada, pero alguien reconoce que ellos están coludidos con el trabajo de sus captores. Es ahí donde encuentro el mayor acierto de la película basada en un guion de Jorge Volpi: en su carácter de real y su relación profunda con la problemática que analiza, pero sobre todo, en la propuesta estética que sugiere para abordar el tema. Las elegidas es sutil en su forma, pese a la sordidez de su contenido. Sin necesidad de un sensacionalismo irrespetuoso con las víctimas de la trata de personas, el director opta, por ejemplo, por primeros planos que expresan mediante un gesto la repulsión del sexo obligatorio, la lujuria de quienes lo contratan y el tedio de quienes se abandonan a esta rutina.

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La fotografía, a cargo de Carolina Costa, enfatiza la sensibilidad que destila la película. Los planos se encuentran en armonía con una gama de colores que podrían considerarse solemnes, sin perder una delicadeza que los vuelve bellos. Sin embargo, los encuadres se mantienen cerrados y reflejan sólo lo que las mujeres secuestradas pueden habitar: cuartos pequeños y pasillos con vigilantes para que no puedan huir. Por otro lado, la música, a cargo de Carlo Ayhllón, también contribuye a una sensación de horror ante la realidad que se representa. La suma de estos elementos genera un ambiente de tensión e impotencia digno de un acercamiento a la trata de personas, y nos invita a sentir la claustrofobia del encierro y el abuso sexual.

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Por momentos, los discursos que Ulises, su hermano y su padre dicen a las mujeres que buscan seducir resultan dolorosamente familiares. Pienso que yo también tuve esa edad, viví esos conflictos domésticos y me dejé llevar por un romance tórrido que proclamé como una salvación —Las elegidas también es un recordatorio de los ecos del machismo y su efecto en nuestra concepción del amor— pero yo no soy Sofía, ni vivo en Tijuana, donde los casos de trata se relacionan al turismo sexual de estadounidenses que buscan menores de edad, ni vivo en Tlaxcala, estado conocido como “la cuna de la trata de personas”. Sin embargo, las historias de todas esas mujeres me acompañan bajo la sombra de la impunidad y el desconocimiento, detrás de un anonimato forzado con la finalidad de exhibir un cuerpo, y las siento cercanas.

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El padre de Ulises cumple 54 años dos veces durante la película. Su celebración es una oportunidad perfecta para tramar la captura de las novias de su hijo y su integración en la red de prostitución. Una fiesta que se repite para motivar un crimen que se aproxima, bajo la mirada de testigos silenciosos, en un país acostumbrado a callar.

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David Pablos es un realizador que supo reinterpretar con una postura ética la complejidad de la trata de personas. El efecto del filme es agudo y esto se debe a la ya mencionada distancia que mantiene de un tratamiento meramente sexual y violento de un tema que en sí mismo es ambos elementos. Este atrevimiento es fundamental para profundizar en los conflictos sociales y políticos a través del lenguaje cinematográfico. De otra forma, el cine mexicano correrá el riesgo de encasillarse en propuestas que se aproximan a la pornomiseria y que trazan retratos homogéneos en torno a una realidad multiforme.

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La historia de Sofía y las otras víctimas y victimarios a su alrededor es una ficción. Por lo tanto, podemos dar continuidad a su historia hasta tener una idea más o menos clara de lo que será su futuro. Sin embargo, el destino de las miles de mujeres que desaparecen en México —sea para fines de explotación sexual u otros— no siempre se narra con la misma claridad. Que el cine sea un recordatorio de todas las historias que no se han podido escuchar.

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Magaly Olivera es la editora de Ambulante. Fue ganadora del VIII Concurso de Crítica Cinematográfica “Fósforo” Alfonso Reyes, en el marco de FICUNAM, y finalista del II Concurso de Crítica Cinematográfica del Festival Internacional de Cine de Los Cabos. Ha publicado en medios como Tierra Adentro, Código, Icónica y Correspondencias. Cine y pensamiento. Escribe una columna de crítica en Mi Valedor.